Hoy quiero hablar de dos ejes que están marcando con fuerza el futuro de la movilidad: por un lado, la regulación que viene; por otro, la tecnología que lo está transformando todo. Y si eres responsable de marca personal, innovación o negocio, te conviene seguir muy de cerca estos movimientos.
1. La norma que impacta — y va a impactar — al consumidor
En España, la Ley de Movilidad Sostenible está ya en el Senado y plantea un cambio de paradigma: declarar la movilidad como un derecho, coordinar a administraciones, empresas y ciudadanos, y poner nuevas obligaciones tanto para los grandes centros de trabajo como para el transporte público y urbano.
¿Por qué esto importa para el consumidor?
Porque cuando la normativa avanza, las expectativas de movilidad también cambian: no solo qué coche conduzco, sino cómo me muevo, con qué servicios, qué alternativas tengo. Una regla más estricta de movilidad sostenible puede modificar:
a) la percepción de valor de los vehículos convencionales, la demanda de vehículos de cero emisiones o servicios compartidos el diseño de las ciudades (menos aparcamiento, más infraestructuras para bici o peatón) b) la comunicación de marca: movilidad responsable empieza a ser un criterio de reputación.
2. Conocer la tecnología: el coche eléctrico como smartphone sobre ruedas
Aquí entramos en el segundo eje: la tecnología no es un accesorio, es parte integral del cambio.
La analogía me gusta porque lo resume muy bien: el vehículo eléctrico (VEB) empieza a parecerse más a un smartphone que a un simple “coche”. ¿Qué quiere decir esto? Que combina hardware + software, actualización constante, ecosistema de servicios, obsolescencia, y nuevas reglas de juego en valor residual.
Algunas ideas clave:
Un estudio reciente señala que los VE suelen depreciarse más rápido que los de combustión, principalmente por el rápido avance tecnológico (baterías, conectividad, software) que hace que “lo nuevo” lo quite valor a “lo viejo”. La industria del automóvil vive una disrupción: según McKinsey, el valor añadido europeo en la automoción podría caer en 400 000 millones USD en la próxima década si no se adapta al cambio eléctrico.
En otras palabras: un VE no solo es un coche sin gasolina, es un dispositivo con sistema operativo, conectividad, baterías, ecosistema de carga, servicios asociados… igual que un smartphone lo es frente a un móvil “tonto”.
¿Y por qué importa el valor residual?
Porque en combustión, tenemos curvas de depreciación bastante previsibles. Pero en la movilidad eléctrica:
a) las baterías pueden perder salud, lo que afecta valor, o no…Ayer mismo en el CEVE 2025 de AEDIVE nos explicaban cómo se pueden reparar algunas celdas del total de la batería, que no todas las celdas que tiene una batería de un coche pierden la misma eficiencia y que se pueden sustituir.
Un ejemplo: Hoy acabo de leer que Chery ha presentado una batería sólida de 600wh/kg capaz de llegar a 1.300km, la más densa anunciada por una automotriz china.
b) los incentivos públicos pueden variar, lo que altera el coste de entrada y por tanto la reventa. los usuarios (y las empresas de flotas) empiezan a preocuparse por “¿cuánto voy a recuperar?” lo que afecta decisiones de compra, leasing, renting.
Dicho de otra forma: si consideramos al coche eléctrico como el “smartphone del motor”, debemos empezar a pensar en términos de ecosistema, valor en el tiempo, servicios que lo acompañan, y adaptación constante.
Y para la industria esto plantea preguntas como:
¿Se seguirá manteniendo el valor residual alto como en los coches de combustión? ¿O vamos hacia una curva de depreciación similar a la que sufren los smartphones (rápido, con saltos grandes)? ¿Qué impacto tendrá esto en la financiación, en el renting, en la gestión de flotas, en la estrategia de marca de los fabricantes?
¿Cómo impactará el vehículo autónomo en los modelos de movilidad del ciudadano? ¿Y del transporte de mercancías?
Un horizonte emocionante y complejo. La movilidad está entrando en una nueva era: la normativa empuja, la tecnología transforma, y el consumidor cambia sus expectativas.
Iremos destilándolo.